Déjame que te cuente…Por: Sergio M. Trejo González
En el centro de una vorágine de noticias donde ahora la violencia ocupa un lugar preponderante, entre las protestas sociales, la crisis económica, las elecciones próximas… Cuando las crónicas y las novelas cotidianas son tomadas de manera light, me place traer a la memoria, y forjar en esta columna, acontecimientos de microhistoria, del interés próximo que explota en la vecindad, tomando como pretexto aniversarios o conmemoraciones. No es un ejercicio inútil, porque contribuye a combatir el estéril olvido y ayuda también a recordar que sólo podemos entender el presente y columbrar algo del futuro mirándonos en el espejo del pasado.
En esta entelequia y cavilación, que nadie por ser joven vacile en filosofar ni por hallarse viejo de filosofar se fatigue, permítaseme significar que, hace dos lunas, allá por el 22 de diciembre del año pasado: En un lugar de Soconusco de cuya calle no logro acordarme… un sitio exclusivo en cuanto a tranquilidad se refiere, bajo la sombra de una palapa; ahí donde el paisaje más natural te cubre el alma para que se pueda contemplar la vida; en ese patio, donde el viento seca la ropa que, colgada en los tendederos, con un par de flamingos estampados en una toallota, resulta escenografía adecuada para que nada interrumpa la rutina cotidiana… en esa comarca urbana, donde las viviendas humildes se construyen por cualquier parte del predio, como va saliendo el billete y la necesidad de una recamara; en esos terrenos tuvo lugar una celebración, donde cantamos las tradicionales mañanitas a un amigo: Napoleón.
Napoleón Santos Aguilera cumplió años, había que celebrarlo con sus amigos los “Arrieros del Apompo”. Con ese pretexto nos reunimos algunos socios activos y otros, inactivos miembros, para decir ¡FELICIDADES!
Rubén Leyton, Alfredo Delgado, Mario Galindo, Josué Viveros y Enrique López. David Haro, ese músico popular y talentoso, del pueblo de Jáltipan, que siempre que puede asiste a nuestros encuentros para distinguirnos con su presencia y su participación espontanea, gozadora y chingona, acudió, a la singular celebración con sus reflejos de Son, bolero y trova, con su plática sabrosa y con toda la gracia que desborda y regala. Le pusieron a David una jarana de fabricación casera enfrente y él la tomó para darnos un quemón, leve, de su maestría… las canciones de David son un viaje por las perspectivas del Sotavento pero también por los del pensamiento, el corazón y el espíritu humano. Ahí estuvo David con su hermano Fito Haro, el mas chikito de los Haro´s, como le llaman en el grupo… donde compareció además Milton Susilla, en carácter de custodio, chaperón o escolta, quien con su arrolladora presencia respondió a la convocatoria para hacer posible también las graficas que hasta hoy circulan por los medios, ya que los cronistas de sociales no cubren este tipo de aquelarres… ¡no crea usted nada, Don Milton es un señor serio, lo único cierto es su arrolladora personalidad.
En fin, Napoleón fue objeto de apapachos y expresiones poéticas y musicales por parte de sus amigos, mucho lo apreciamos y que le dedicamos, para comenzar, una especie de misa, acción de gracias o Mea culpa (le dije que no me hiciera caso), por alcanzar la primorosa de edad que le hace pintar canas; luego vino la pitanza, es decir las muestras gastronómicas, el menú, buffet o como usted quiera llamarle a la comilona esa donde llegaron un par de pescados zarandeados, en un mecate; un “pez puerco” y una “sierra” preparados a la limón y empapelado, respectivamente, fueron pasados sobre las brazas del encino y, con las salsas necesarias, los expertos sibaritas dimos mate en un dos por tres. Se repartió una rebanada de pastel de chocolate que Leyton sacó quien sabe de dónde, para subrayar que se trataba de un cumpleaños y que en consecuencia debía soplarse unas velitas... Había yo ensayado una letrilla a propósito del onomástico del filosofo camarada, sobre todo en la parte que se canta en el idioma de Shakespere el tema de Cri Cri: “…What the hell is this house, for a manly cowboy mouse , hello you let me out and don't cath me like a trout”, pero mis cabrones amigos bajo los influjos de un par de aditivos hicieron imposible mi participación de barítono, insistieron en que se modificara el carnet y se optó por dedicar al festejado ese “Soliloquio del toro viejo” , y ahí me tiene usted en la letanía de esos versos obsequiados a mi querido catedrático del ITSA “… Soy un toro desvacado que vive solo, apartado, de una cañada en el fondo, amogotado en lo hondo de escondida encrucijada… ya que eterno no he de ser, no permitan que me humillen, a mi que no me anovillen aunque vaya al matadero, yo prefiero en mis mogotes ser pasto de zopilotes pero si morir entero.”
Me quedé con las ganas de cantar el ratón Vaquero, pero se complacieron los asistentes, que para eso ya estaban consumiendo una sopa… casi se me olvida, que el profesor Enrique nos sorprendió, en esa reunión, con lo mejor de sus artes culinarias, pues se dio a la tarea de preparar un caldo regional a base de choschogo, tiernito y delicioso, en el ánimo de cumplir una promesa pactada. Ese día pudimos degustar ese platillo típico regional otorgándole una calificación de diez. En verdad se lució nuestro amigo Enrique, quien por cierto en esa histórica fecha, cumplió otro encargo bastante difícil de ventilar en estas páginas… baste significar que, nuestro compañero narrador y cronista, habíase comprometido a señalar el camino o encaminar a un sujeto (de allá de “La Soledad” les traigo un nuevo machín…) hacia las escabrosas tareas de la relación concupiscente, renglón que no puede describirse ni trazar siquiera en los detalles, solamente certifiqué que se cumplió, se cumplió en tiempo y lugar, el contrato y la forma de pago fue ya responsabilidad del iniciado. Eso fue motivo para que tuviéramos que salir antes de lo que deseado del cumpleaños de Napoleón. El deber nos reclamó, pero la fiesta continuó en el mismo tenor sin excesos y en la fraternidad acostumbrada, como suele acontecer cuando los amigos se reúnen para cantar, como en esta ocasión a Napoleón: Estas son las mañanitas que cantaba el Rey David…
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